Oaxaca Profundo

jueves, 5 de febrero de 2026

Oaxaca suma dos nuevas rutas aéreas con Volaris a partir de junio

2/05/2026 09:01:00 a. m. 0
Oaxaca suma dos nuevas rutas aéreas con Volaris a partir de junio

La conectividad aérea de Oaxaca seguirá creciendo este año. A partir del 1 de junio, la aerolínea Volaris abrirá dos nuevas rutas que enlazarán al estado con Querétaro y Puebla, ampliando las opciones de viaje hacia la capital oaxaqueña y la Costa.


Las nuevas conexiones serán Querétaro–Oaxaca y Puebla–Huatulco, ambas con una duración aproximada de una hora de vuelo y con frecuencias los lunes, miércoles, viernes y sábado. Los boletos ya se encuentran disponibles a través del sitio web y la aplicación móvil de la aerolínea.


En el caso de la ruta Querétaro–Oaxaca, los vuelos saldrán a las 10:14 horas desde Querétaro y a las 12:03 horas desde la ciudad de Oaxaca. Por su parte, la conexión Puebla–Huatulco tendrá salidas a las 9:55 horas desde Puebla y a las 11:39 horas desde la Costa oaxaqueña.


Estas nuevas rutas se suman a la red que Volaris ha construido en Oaxaca desde 2008, año en que inició operaciones en la entidad. Desde entonces, la aerolínea ha transportado a más de 8.1 millones de pasajeros a través de 11 rutas que conectan la ciudad de Oaxaca con diversos destinos nacionales y con Los Ángeles, Estados Unidos.


En el caso de Huatulco, donde Volaris opera desde 2014, más de 2.1 millones de pasajeros han viajado mediante las rutas que enlazan este destino con Guadalajara y la Ciudad de México.


Con estas nuevas conexiones, Oaxaca refuerza su presencia en el mercado aéreo nacional y amplía las alternativas para quienes buscan llegar tanto a su capital cultural como a sus destinos de playa.

Maroma: la fiesta, la memoria y los fantasmas de la Mixteca suben a escena

2/05/2026 01:07:00 a. m. 0
Maroma: la fiesta, la memoria y los fantasmas de la Mixteca suben a escena

La maroma —esa mezcla de acrobacia, humor, música y rito que durante décadas animó fiestas y panteones en la Mixteca oaxaqueña— vuelve a respirar sobre el escenario. Maroma es el nombre del espectáculo creado por Idiotas Teatro y Pasatono Orquesta, una puesta que transforma una tradición en riesgo de desaparecer en una experiencia escénica donde el cuerpo, la música y la memoria dialogan con el presente.


El montaje, que se presentará el sábado 7 y domingo 8 de febrero, con dos funciones diarias a las 17 y 19 horas, llega al Pabellón Escénico del Jardín Escénico, a un costado del Auditorio Nacional, con entrada libre. Lo que propone no es una recreación literal, sino una reinterpretación contemporánea que evoca los antiguos panteones de pueblo y las fiestas donde la maroma cobraba vida.


En el centro de la obra está la figura de Manuel Montes, legendario payaso maromero cuya presencia marcó generaciones en la región mixteca. Improvisador de versos, cantor, acróbata y poeta popular, Montes encarnó al personaje principal de la maroma: el que sostiene el espectáculo con palabras repentinas, humor y destreza física. Su historia —incluida una caída del trapecio que transformó en acto cómico— se volvió leyenda y hoy inspira la dramaturgia del montaje.


Esa dramaturgia, escrita por Fernando Reyes Reyes, entrelaza lo real y lo fantástico a través de recursos como el teatro de sombras, el teatro físico y de objetos, la acrobacia de piso y las versadas populares. Para Cristian David, codirector de Idiotas Teatro, la obra se construye desde una imagen poderosa: la serpiente, símbolo de terror, seducción y muerte, que remite tanto a las cuerdas de la maroma tradicional como a la idea de renovación.


Durante 70 minutos, actores, músicos y acróbatas conducen al público por un viaje entre la vida y la muerte, concebido a partir de una investigación profunda en comunidades mixtecas y en archivos de la tradición oral. La obra no solo cuenta una historia: convoca recuerdos, escenas fragmentadas, cuerpos que reaparecen como fantasmas festivos.


La música en vivo es el pulso del espectáculo. Pasatono Orquesta, con más de 27 años de trayectoria, acompaña la escena con un ensamble de diez músicos que combinan violines, jarana, clarinete, metales, contrabajo, batería y guitarra. El resultado es una atmósfera sonora que cruza repertorios tradicionales —chilena, danzón, marcha— con un lenguaje contemporáneo influido por el jazz y la música popular.


En escena, Diego Santana, Cristian David y Fernando Reyes Reyes interpretan a Bombardino, Saturnito y Cascarita, personajes que transitan entre el clown, la pantomima y la acrobacia, siempre en diálogo con la música. El universo visual se completa con las máscaras y el vestuario intervenidos por el pintor oaxaqueño Sergio Hernández, la iluminación de Edgar Mora, el diseño gráfico de Alejandro Magallanes y el vestuario de Azucena Galicia.


Más que un espectáculo, Maroma es un homenaje. A una tradición que marcaba el calendario festivo desde antes de Navidad hasta la Cuaresma. A una forma de entender la fiesta, el duelo y lo sagrado. Y a sus protagonistas, cuyos cuerpos y voces siguen presentes en la memoria colectiva.


“Lo que están por presenciar es un recuerdo”, advierte la obra. Un recuerdo que se mueve, canta, cae y vuelve a levantarse. Como la maroma misma.

jueves, 29 de enero de 2026

Murió Roberto Gallegos, el arqueólogo que abrió las tumbas de Zaachila

1/29/2026 12:40:00 p. m. 0
Murió Roberto Gallegos, el arqueólogo que abrió las tumbas de Zaachila

La arqueología mexicana perdió a una de sus figuras clave. Esta semana falleció Roberto Gallegos Ruiz, investigador cuya obra marcó un antes y un después en el conocimiento de las culturas del sur de México, especialmente por el descubrimiento de las Tumbas I y II de Zaachila, en Oaxaca, realizado en 1962.


La noticia provocó mensajes de despedida entre colegas, exalumnos e instituciones culturales, que coincidieron en señalar su rigor, su vocación docente y la trascendencia de un hallazgo que permitió entender con mayor claridad la relación entre los mundos mixteco y zapoteca.



Fue en Zaachila donde Gallegos dejó la huella más profunda de su carrera. Ahí localizó las tumbas de los señores 9 Flor y 7 Flor, acompañados de una ofrenda excepcional: joyas de oro, piedras preciosas y una pieza que se volvería emblemática, la Copa del Colibrí, una vasija tipo códice de origen mixteco considerada hoy una de las obras maestras de la cerámica policroma prehispánica. Para el propio arqueólogo, ese descubrimiento fue siempre “el trabajo más importante” de su vida.


Nacido en 1932 en Los Reyes Quiahuixtlán, Tlaxcala, Gallegos encontró su vocación desde niño, impulsado por un abuelo apasionado por el pasado prehispánico. Estudió arqueología en la ENAH a partir de 1955 y fue alumno de Román Piña Chan, una de las figuras centrales de la disciplina en el siglo XX.


A lo largo de su trayectoria participó en investigaciones en La Venta, San Lorenzo Tenochtitlán, Palenque, Teopanzolco, Tula, Tizatlán y Mixcoac, y formó parte del equipo que dio forma a las colecciones arqueológicas del Museo Nacional de Antropología durante la década de 1960. Sin embargo, fue Zaachila el sitio que lo colocó definitivamente en la historia de la arqueología mexicana.


En redes sociales y comunicados públicos, colegas y centros de investigación destacaron no solo sus aportaciones académicas, sino su papel como formador de generaciones. Gallegos fue profesor fundador de la Universidad Autónoma Metropolitana y dio clases durante décadas en la UNAM, tanto en la Facultad de Filosofía y Letras como en el Centro de Enseñanza para Extranjeros, donde siguió activo hasta años recientes.


Incluso en la última etapa de su vida continuó involucrado en proyectos de investigación. Uno de ellos fue el estudio de Mixcoac, sitio que consideraba un santuario dedicado a Mixcóatl y cuya preservación defendió como una deuda pendiente con el patrimonio prehispánico de la Ciudad de México.



Reconocido en distintos momentos de su carrera —en Monte Albán, en el Estado de México y en aniversarios del INAH—, Roberto Gallegos deja un legado que va más allá de los homenajes: una tumba abierta en Zaachila que cambió la forma de mirar el pasado oaxaqueño y una larga lista de estudiantes que aprendieron de él a excavar con método, paciencia y respeto.


Su muerte cierra una etapa, pero su trabajo sigue hablando desde la piedra, la cerámica y la memoria profunda del sur de México.

martes, 27 de enero de 2026

Cuando la tierra habló: una tumba zapoteca reaparece en Oaxaca

1/27/2026 10:03:00 p. m. 0
Cuando la tierra habló: una tumba zapoteca reaparece en Oaxaca

La tierra del Valle de Oaxaca volvió a abrirse para contar una historia antigua. En el Cerro de la Cantera, en San Pablo Huitzo, arqueólogos encontraron una tumba zapoteca construida alrededor del año 600 de nuestra era. No es solo un hallazgo más: es una cápsula del tiempo que sobrevivió intacta durante más de mil 400 años y que hoy revela, con imágenes y símbolos, cómo los zapotecos pensaban la muerte, el poder y la memoria.


Desde la entrada, el lugar impone silencio. Un búho —ave asociada a la noche y al tránsito hacia el otro mundo— custodia la antecámara. Su pico cubre el rostro estucado y pintado de un personaje de alto rango, posiblemente un ancestro venerado, alguien a quien los vivos acudían como intermediario con las divinidades. No es una tumba anónima: es un espacio de linaje, de continuidad, de diálogo entre generaciones.


El umbral está marcado por piedra y significado. Un dintel sostiene un friso de lápidas grabadas con nombres calendáricos, mientras que en las jambas aparecen talladas las figuras de un hombre y una mujer, ataviados con tocados y objetos rituales. Parecen vigilar el paso, como si aún protegieran el sitio sagrado.


Dentro de la cámara funeraria, las paredes conservan fragmentos de una pintura mural excepcional. Los colores —ocre, blanco, verde, rojo y azul— siguen vivos. En ellos se despliega una procesión: personajes que avanzan hacia la entrada cargando bolsas de copal, la resina sagrada cuyo humo unía el mundo humano con el divino. Es una escena detenida en el tiempo, un ritual que nunca terminó de concluir.



El estado de conservación del conjunto ha sorprendido incluso a los especialistas. Aun así, el equilibrio es frágil. Raíces, insectos y cambios bruscos de temperatura amenazan las pinturas, por lo que un equipo interdisciplinario del Centro INAH Oaxaca trabaja contra reloj para estabilizar los muros y proteger cada trazo.


Mientras se preserva el espacio, también se intenta descifrarlo. Estudios cerámicos, iconográficos, epigráficos y de antropología física buscan entender quiénes fueron los personajes enterrados ahí, qué símbolos eligieron para acompañarlos y qué nos dicen sobre la compleja estructura social zapoteca. Cada fragmento aporta pistas sobre una civilización que hizo del arte, la arquitectura y el ritual una forma de conocimiento.


Por su calidad constructiva y su riqueza simbólica, esta tumba ya se compara con los conjuntos funerarios más importantes de la región. No solo amplía el mapa arqueológico de Oaxaca: también reafirma que, bajo sus cerros y comunidades, la historia sigue esperando ser contada.