La tierra del Valle de Oaxaca volvió a abrirse para contar una historia antigua. En el Cerro de la Cantera, en San Pablo Huitzo, arqueólogos encontraron una tumba zapoteca construida alrededor del año 600 de nuestra era. No es solo un hallazgo más: es una cápsula del tiempo que sobrevivió intacta durante más de mil 400 años y que hoy revela, con imágenes y símbolos, cómo los zapotecos pensaban la muerte, el poder y la memoria.
Desde la entrada, el lugar impone silencio. Un búho —ave asociada a la noche y al tránsito hacia el otro mundo— custodia la antecámara. Su pico cubre el rostro estucado y pintado de un personaje de alto rango, posiblemente un ancestro venerado, alguien a quien los vivos acudían como intermediario con las divinidades. No es una tumba anónima: es un espacio de linaje, de continuidad, de diálogo entre generaciones.
El umbral está marcado por piedra y significado. Un dintel sostiene un friso de lápidas grabadas con nombres calendáricos, mientras que en las jambas aparecen talladas las figuras de un hombre y una mujer, ataviados con tocados y objetos rituales. Parecen vigilar el paso, como si aún protegieran el sitio sagrado.
Dentro de la cámara funeraria, las paredes conservan fragmentos de una pintura mural excepcional. Los colores —ocre, blanco, verde, rojo y azul— siguen vivos. En ellos se despliega una procesión: personajes que avanzan hacia la entrada cargando bolsas de copal, la resina sagrada cuyo humo unía el mundo humano con el divino. Es una escena detenida en el tiempo, un ritual que nunca terminó de concluir.
El estado de conservación del conjunto ha sorprendido incluso a los especialistas. Aun así, el equilibrio es frágil. Raíces, insectos y cambios bruscos de temperatura amenazan las pinturas, por lo que un equipo interdisciplinario del Centro INAH Oaxaca trabaja contra reloj para estabilizar los muros y proteger cada trazo.
Mientras se preserva el espacio, también se intenta descifrarlo. Estudios cerámicos, iconográficos, epigráficos y de antropología física buscan entender quiénes fueron los personajes enterrados ahí, qué símbolos eligieron para acompañarlos y qué nos dicen sobre la compleja estructura social zapoteca. Cada fragmento aporta pistas sobre una civilización que hizo del arte, la arquitectura y el ritual una forma de conocimiento.
Por su calidad constructiva y su riqueza simbólica, esta tumba ya se compara con los conjuntos funerarios más importantes de la región. No solo amplía el mapa arqueológico de Oaxaca: también reafirma que, bajo sus cerros y comunidades, la historia sigue esperando ser contada.


